Tenemos un país diverso, con una geografía espectacular y también vulnerable a distintos fenómenos naturales que amenazan sobre todo en determinadas temporadas del año y hablamos de desastres. Pero el desastre no está en la naturaleza, ocurre cuando esas amenazas se encuentran con viviendas precarias, actividades económicas vulnerables, infraestructura insuficiente y poca capacidad de prevención.
La percepción de la afectación (medida por la ENAPRES) es muy alta en todo el país. Es mayor en los departamentos donde recurrentemente hay inundaciones o huaicos, pero también es importante en departamentos con menor afectación. Esto nos recuerda que las consecuencias de una emergencia no se limitan al daño físico en la vivienda, sino que se afecta la vida de la familia, su actividad económica, la educación de los menores y otras dimensiones de la vida cotidiana. Si tenemos en cuenta que la mayoría de las personas está inserta en la economía informal, cualquier cambio en el contexto afecta su día a día.
Según datos del IEP, la percepción de afectación es mayor entre las mujeres, entre quienes viven en el área rural y entre quienes se ubican en los niveles socioeconómicos más bajos. En el caso de las mujeres, esto puede relacionarse con el peso que tienen las tareas de cuidado en los hogares, que tienden a intensificarse cuando se interrumpen servicios, actividades económicas o asistencia escolar
Las emergencias forman parte de nuestra realidad, pero sus consecuencias no deberían asumirse como inevitables. Cada vivienda dañada, cada día de trabajo perdido o sin escuela tiene un costo para las familias que muchas veces permanece invisible. Si estos eventos son recurrentes, también debería serlo nuestra capacidad para anticiparnos, prepararnos y reducir sus impactos.

