Las elecciones han dejado de ser, para buena parte de la ciudadanía, un espacio de representación y expectativa. Hace un año (IEP, mayo 2025) las elecciones eran vistas por un grupo no tan menor con esperanza, unos pocos incluso con alegría. Sin embargo, luego de la primera vuelta y ad portas de la segunda, esa esperanza ha caído fuertemente y se ha inclinado más hacia la decepción. Y en ello no solo ha intervenido el panorama electoral tan fragmentado que se tuvo que enfrentar, sino la manera en que se desarrolló el proceso electoral, la actuación de los organismos electorales y la reacción en redes y medios. Solo un 17% de los encuestados cree que el proceso se realizó correctamente o que, aunque hubo irregularidades, estas no afectaron los resultados presidenciales.
Dos tercios de los electores indican que votarán sea por Fujimori (36%) o Sánchez (30%), y más del 80% de los electores de cada uno señala que se trata de una opción totalmente decidida. No obstante, hay un tercio de los electores que, aún no decide por quién votar, o que votaría en blanco o nulo o no precisa una respuesta.
El problema viene más allá del día de la elección: más de la mitad de los encuestados cree que si uno de los candidatos pierde dirá que hubo fraude. El 62% cree que, si pierde, Fujimori dirá que hubo fraude, en el caso del Sánchez, esta cifra es del 56%. El problema no es únicamente quién gane la elección, sino que buena parte de la ciudadanía parece asumir que el perdedor desconocerá el resultado. El dilema, por lo tanto, es cómo reconstruir la confianza con una ciudadanía que ya anticipa impugnaciones como parte normal de la política.

